El gran error sobre Bitcoin que puede costarnos el futuro

Un ordenador global: pagos, datos, identidad y aplicaciones sin intermediarios

La confusión que lo ha envenenado todo

Para mucha gente, Bitcoin equivale a una palabra: «precio». Subidas, bajadas, burbujas, estafas, promesas. Ese ruido mediático ha ocultado durante años una realidad mucho más trascendental: el debate importante no gira alrededor de si Bitcoin «sube» o «baja» de precio. Se trata de entender verdaderamente para qué sirve y quién controla el acceso.

Durante años se ha instalado una idea en el imaginario colectivo: Bitcoin como «oro digital». Un activo para acumular, custodiar y mirar desde lejos. Ese marco no describe un simple malentendido: representa un giro maquiavélico en el guion inicial. Porque Bitcoin, en su concepción original, no se creó como un lingote, sino como una herramienta: un sistema de dinero en efectivo electrónico entre pares, para usar en el día a día, sin la obligación de intermediarios.

Y cuando un instrumento de soberanía se encorseta como objeto de vitrina, el efecto no resulta neutro: la gente deja de usarlo, y lo que no se utiliza termina dominado por otros. Al presentar el protocolo como algo que debe guardarse y no utilizarse, se incentiva la custodia, la intermediación y la dependencia de terceros.

Efectivo digital, no reliquia financiera

Bitcoin se diseñó para permitir intercambios directos. Eso incluye pagos, sí, pero también algo más profundo: la posibilidad de registrar acuerdos y propiedad con reglas verificables. La clave no reside en competir en el «mercado cripto», sino en un cambio fundamental de arquitectura: en lugar de pedir permiso a un banco o a una plataforma para mover valor, el individuo ejecuta una transacción con reglas claras, inamovibles y completamente auditables.

Su creador, el doctor australiano Craig Steven Wright, lo formula en términos muy concretos: «Bitcoin se diseñó para permitir micropagos rápidos y sencillos, para que la gente pudiera interactuar directamente y crear todo tipo de instrumentos financieros con dinero digital en efectivo». Micropagos. En metálico. De manera directa. Entre iguales. No como eslogan, sino como diseño.

La inmensa mayoría de las personas no han experimentado nunca la posibilidad de efectuar un micropago real en Internet. En su lugar, se han debatido entre dos alternativas:abonar una suscripción o consumir publicidad. Y esa escasez de opciones no surgió por casualidad.

Internet se rompió por el modelo de negocio

La web abierta de los inicios permitía publicar sin pedir permiso, enlazar información sin pagar peajes y cambiar de proveedor sin perder datos ni vínculos. Aquel ecosistema descentralizado, pensado para el intercambio libre de información, comenzó a transformarse cuando la publicidad se convirtió en su principal motor económico. Con ese giro, la monetización pasó a depender de la captación de atención. La atención exigía vigilancia, y la vigilancia, a su vez, impulsó la concentración de usuarios en entornos cerrados. De ese proceso emergieron las grandes plataformas que hoy estructuran nuestra vida digital cotidiana.

Wright lo sintetiza con contundencia: «Internet se vino abajo por la publicidad: Google, Facebook y los demás moldearon la red a la medida de sus modelos de extracción de ingresos». En ese modelo, cuando el acceso al contenido se paga con datos, el usuario deja de ocupar el lugar del cliente para convertirse en producto. Materia prima intercambiable dentro de una economía basada en la extracción, la clasificación algorítmica de personas y la predicción de comportamientos.

Cuando la identidad, los contenidos y las relaciones personales quedan encapsulados dentro de estas infraestructuras privadas, la libertad deja de operar como un derecho inherente y pasa a funcionar como una concesión revocable. Ya no depende de normas públicas ni de garantías colectivas, sino de decisiones empresariales opacas, regidas por intereses comerciales y algoritmos que nadie elige, pero que condicionan cada vez más lo que vemos, decimos y somos en línea.

Silicon Valley no quiere micropagos

Una economía de micropagos cambia el reparto de poder. Si puedo pagar céntimos por lo que consumo, la publicidad deja de ser imprescindible. Si la publicidad pierde su papel central, la vigilancia ya no resulta rentable. Y si la vigilancia pierde rentabilidad, el modelo de negocio de estas plataformas empieza a tambalearse.

Los micropagos no sólo modifican la lógica de ingresos, sino que reordenan incentivos en toda la cadena digital. Permiten que creadores de contenido, medios y desarrolladores dependan directamente de sus comunidades, reduciendo la presión por maximizar el tiempo de pantalla y debilitando la necesidad de diseñar interfaces adictivas. Al desaparecer la obligación de retener a los usuarios a cualquier precio, cambian también las arquitecturas de producto: sin opacidad algorítmica, con menos personalización extrema y una mayor interoperabilidad entre servicios. El impacto no sería únicamente económico, sino cultural y político, al devolver un gran margen de decisión tanto a quienes producen contenidos como a quienes los consumen.

Ese cambio, sin embargo, choca con intereses profundamente apoltronados en posiciones de poder. Las grandes plataformas no sólo dominan la publicidad digital, sino también los sistemas de pago, la infraestructura técnica y los estándares de visibilidad. Un Internet de micropagos exige interoperabilidad, portabilidad y reglas comunes: justo lo contrario del encierro que garantizan los jardines amurallados. Por eso la resistencia no se expresa únicamente en discursos, sino en la práctica: comisiones elevadas, fricciones artificiales en los pagos pequeños y dependencia forzada de ecosistemas cerrados.

De ahí la relevancia de una idea aparentemente sencilla: «Deberíamos poder volver a algo tan simple como pagar un céntimo por ver un vídeo o comprar un solo huevo, pero ahora de forma global y digital». No se trata de un capricho, sino de un ataque directo a la raíz económica de los jardines amurallados. Y aquí aparece el choque frontal con el statu quo: un Internet de micropagos representa una red global de millones de pequeños negocios, en lugar del dominio actual de unas pocas plataformas gigantes. «A Silicon Valley le aterra un mundo con miles de pequeños sistemas donde compartimos contenido y podemos buscar a través de todos ellos. Ellos no quieren eso, lo que quieren son jardines amurallados», apostilla el doctor Wright.

Cómo domesticaron la revolución

Cuando una red se congestiona y las comisiones comienzan a aumentar, el efecto se manifiesta de forma casi inmediata. Primero, el uso cotidiano se vuelve inviable: pagar pequeños importes deja de tener sentido y la tecnología se reserva para operaciones puntuales o especulativas. Después, surgen intermediarios que prometen «simplificar» la experiencia, absorber costes y gestionar la complejidad en nombre del usuario.

Esa secuencia se ha presentado durante años como una evolución natural. En la práctica, sin embargo, ha producido un resultado muy concreto: la reconversión de un sistema diseñado para eliminar intermediarios en una versión ampliada de las infraestructuras financieras tradicionales. Craig Wright lo formula con claridad: «Hemos creado un camino hacia una versión más grande y más controlada del sistema bancario, con intermediarios como Mastercard, SWIFT y las redes de transferencias situadas en medio de todo».

A partir de 2015, ese giro se materializó en la popularización de soluciones que prometían «escalar Bitcoin» desplazando parte de la actividad fuera de la cadena principal. La lógica era sencilla: si la capa base no puede absorber volumen, externalicemos transacciones a sistemas auxiliares. Desde la perspectiva del diseño original de Bitcoin, ese enfoque no resuelve el problema estructural: lo traslada. Y lo hace hacia espacios que tienden, por su propia naturaleza, a concentrarse.

En ese contexto emerge Lightning Network, presentada como una segunda capa. Wright cuestiona esa definición: «Lightning no es realmente una segunda capa de Bitcoin. Es un sistema separado, una puerta de salida del protocolo que termina en grandes núcleos de enrutamiento, similares a Mastercard o Visa, sin supervisión ni transparencia». Al concentrar liquidez y tráfico en nodos dominantes, la red reproduce los mismos cuellos de botella que pretendía superar.

El desplazamiento de la actividad crítica fuera de la capa públicamente verificable alberga consecuencias profundas. La auditabilidad se vuelve parcial, los registros dejan de ser universales y el control efectivo se desplaza hacia actores privados. Y cuando la auditabilidad se diluye, reaparecen los viejos vicios: confianza forzada, arbitrariedad en las reglas y capacidad de exclusión sin rendición de cuentas.

Lo que comenzó como una arquitectura pensada para protegerse frente a la concentración de poder acaba, en consecuencia, domesticada por ella. Y cuando la infraestructura no escala, el poder encuentra inevitablemente la forma de reorganizarse para controlar los puntos de acceso.

Qué propone Bitcoin SV

Bitcoin Satoshi Vision —también conocido como Bitcoin SV o simplemente BSV— surgió en 2018 a partir de una escisión motivada por una disputa de fondo: qué debía ser Bitcoin y para qué debía servir. Frente a enfoques que priorizaban la escasez artificial o la externalización del uso cotidiano a capas auxiliares, BSV planteó una premisa distinta: restaurar el protocolo original descrito por Satoshi Nakamoto y escalar directamente sobre la capa base, sin renunciar a su carácter público y verificable.

En términos prácticos, esa visión se traduce en tres pilares. Primero, bloques de gran tamaño, capaces de absorber volumen real y competir con las grandes redes de pago globales sin recurrir a cuellos de botella artificiales. Segundo, comisiones extremadamente bajas, condición necesaria para que los micropagos dejen de representar una promesa teórica y pasen a formar parte de la economía cotidiana. Y tercero, estabilidad del protocolo, entendida como la posibilidad de construir aplicaciones y modelos de negocio sobre una base cuyas reglas no cambian constantemente de manera arbitraria.

Esa combinación altera de forma sustancial el horizonte de uso. Cuando una transacción cuesta fracciones mínimas de céntimos, deja de ser un lujo reservado a operaciones puntuales. Y cuando la red puede procesar enormes volúmenes sin congestión, desaparece la excusa recurrente del «no cabe». El resultado es que la cadena, además de dedicarse al movimiento de valor, empieza a funcionar como una capa de registro universal.

En ese contexto, Bitcoin ya no se reduce a dinero digital. Puede registrar eventos, datos, recibos, certificados, identidades o lógicas de negocio completas, todo ello anclado en un libro mayor público y verificable. Cada acción relevante deja un rastro que puede auditarse sin depender de una autoridad central ni de sistemas privados cerrados.

De ahí surge la idea clave: Bitcoin como un ordenador global. No en el sentido trivial de ejecutar aplicaciones locales o gráficos complejos, sino como una infraestructura pública mundial donde el cómputo, el almacenamiento y la verificación se articulan de forma abierta. Un espacio común en el que las interacciones digitales importantes pueden inscribirse, validarse y persistir en el tiempo, ofreciendo una alternativa a la fragmentación y opacidad que hoy dominan gran parte del ecosistema digital.

Bitcoin como un ordenador global

Piénsalo así: hoy, cuando realizas una acción relevante en Internet —firmar un contrato, emitir un recibo, registrar un pago, acreditar una credencial— casi siempre dependes de una base de datos privada. Una empresa custodia el registro, controla el acceso y define unilateralmente las reglas. La confianza no se deposita en el sistema, sino en la entidad que lo gestiona.

En un Bitcoin capaz de escalar y operar con comisiones mínimas, ese registro puede anclarse en una infraestructura pública, verificable e inmutable. No se trata de «subirlo todo a una blockchain» por moda o fetichismo tecnológico. Se trata de elegir, para los datos verdaderamente críticos, un soporte que no dependa de decisiones corporativas, cambios de condiciones o cierres arbitrarios.

Craig Wright lo ilustra con ejemplos concretos. «Con el lenguaje de scripts de Bitcoin puedo registrar mi título de propiedad, mis acciones o un certificado de oro en la cadena y definir las reglas», explica. «Por ejemplo, establecer que si una transacción no es validada por mí en treinta días, el control revierta automáticamente». Ese mismo mecanismo permite diferir un pago, exigir múltiples firmas o incorporar a un tercero —como un abogado o notario— para determinadas operaciones. «Eso sirve para comprar una casa, un coche o proteger un patrimonio importante», añade.

El valor de este enfoque no reside en imponer un único nivel de seguridad para todo, sino en permitir elecciones granulares. No todas las acciones requieren la misma protección ni el mismo coste. «Para enviar una libra no necesito diez capas de seguridad, pero para mi casa sí. Bitcoin permite ambas cosas dentro del mismo sistema», resume Wright. La clave no es maximizar la seguridad en abstracto, sino disponer de una infraestructura que permita ajustarla al riesgo real de cada decisión.

De ese modo, la tecnología deja de suponer un obstáculo y pasa a comportarse como una herramienta flexible, capaz de adaptarse tanto a la vida cotidiana como a operaciones de elevado valor, sin obligar a confiar ciegamente en intermediarios privados.

El gran freno histórico: la dificultad de la blockchain

Hasta aquí, muchas personas asienten… y luego se bajan del tren. No por falta de inteligencia económica, sino por una experiencia de uso que durante años ha funcionado como barrera de entrada. Incluso cuando la idea resulta atractiva, la práctica suele volverse frustrante: monederos incompatibles, estándares cambiantes, integraciones distintas en cada aplicación, permisos poco claros y una sensación persistente de fragilidad técnica. Durante demasiado tiempo, el ecosistema blockchain ha operado bajo una lógica de bricolaje permanente: cada proyecto diseñando su propio enchufe.

Ese desorden no fue casual. Respondía a una etapa temprana, marcada por la experimentación y la ausencia de acuerdos comunes, pero ejerció un efecto claro: mantuvo estas tecnologías confinadas en un nicho de perfiles altamente técnicos, lejos del uso cotidiano. En lugar de simplificar pagos pequeños, compartir valor o facilitar intercambios directos, la blockchain se convirtió en sinónimo de complejidad, riesgo y curva de aprendizaje pronunciada.

A esa dificultad estructural se sumó otro problema menos visible pero igual de decisivo: la fragmentación diluyó la confianza. Cuando cada aplicación exige un proceso distinto, una custodia diferente y reglas propias, el usuario asume toda la carga del error. Y en un entorno donde los fallos pueden implicar pérdidas irreversibles, la mayoría opta por no participar.

Ahí es donde aparece una pieza clave para ampliar el nicho: la estandarización de la experiencia, estableciendo una capa común que permita interoperar sin fricciones. Una infraestructura que haga posible pagar, recibir y mover valor con la misma sencillez con la que hoy se abre un enlace o se envía un mensaje. No se trata de hacer la tecnología invisible, sino de volverla habitable. Ese paso marca la diferencia entre una herramienta experimental y una infraestructura social. Y es también el punto en el que la promesa de un Internet de micropagos deja de suponer una abstracción para empezar a competir, en serio, con el modelo basado en publicidad y vigilancia.

BRC-100: el estándar donde todo encaja

BRC-100 define un lenguaje común entre aplicaciones y billeteras dentro del ecosistema BSV. En términos prácticos, esto significa que una aplicación ya no necesita inventar su propia manera de solicitar firmas, pagos o permisos: puede hacerlo siguiendo una estructura estándar. El monedero interpreta esa solicitud, la presenta de forma comprensible al usuario y ejecuta la acción únicamente cuando existe una autorización explícita.

Ese detalle técnico implica consecuencias muy concretas. Para una persona corriente, la experiencia se simplifica de forma radical: un único monedero puede servir como punto de acceso a múltiples aplicaciones, sin que cada una imponga reglas, interfaces o flujos distintos. La identidad, el saldo y los permisos permanecen coherentes, independientemente del servicio que se utilice.

Para quienes desarrollan, el impacto resulta igualmente significativo. BRC-100 permite construir aplicaciones interoperables sin diseñar integraciones específicas para cada billetera ni depender de acuerdos privados con proveedores concretos. El tiempo y los recursos se destinan al servicio que se quiere ofrecer, no a resolver fricciones artificiales entre componentes que deberían hablar el mismo idioma.

En el fondo, BRC-100 introduce una separación estructural clave: lo delicado se desacopla de lo funcional. Las claves y la identidad permanecen bajo control del usuario —gestionadas por el monedero—, mientras que las aplicaciones se concentran en ofrecer valor y lógica de negocio. Cuando esa división se estandariza, el ecosistema gana resiliencia, reduce puntos únicos de fallo y limita la capacidad de un solo actor para imponer condiciones técnicas o comerciales al resto.

Ese desplazamiento del poder no resulta neutro. Choca frontalmente con el modelo dominante en Silicon Valley, donde las plataformas prosperan precisamente al convertirse en el único punto de paso obligado entre usuarios, datos y servicios. Frente a los jardines amurallados, BRC-100 apuesta por una arquitectura donde los puntos de entrada se multiplican y el control no se concentra, sino que se distribuye.

En ese sentido, el estándar no sólo resuelve un problema técnico. Plantea una alternativa estructural sobre quién controla la interacción digital y bajo qué reglas se produce.

Metanet: el sistema operativo

Todo estándar necesita una interfaz habitable para dejar de representar una promesa técnica. En ese punto aparece Metanet Desktop —también conocida como BSV Desktop—, una billetera concebida no sólo para almacenar fondos, sino para funcionar como centro de operaciones: saldo, identidad, certificados y un catálogo de aplicaciones compatibles articuladas bajo un mismo marco.

En la práctica, el monedero adopta un rol similar al de un sistema operativo. Las aplicaciones no gestionan directamente claves ni fondos: formulan solicitudes estandarizadas para realizar acciones concretas. El monedero traduce esas peticiones, muestra con claridad qué se está pidiendo y ejecuta la operación únicamente cuando el usuario concede su consentimiento. Todo queda visible, trazable y bajo control.

Ese diseño introduce un cambio psicológico relevante en la forma de relacionarse con Internet. La persona deja de «entrar» en plataformas ajenas —con reglas opacas y dependencias implícitas— y pasa a utilizar aplicaciones desde su propia identidad y con su propio dinero, sin ceder el control estructural. La experiencia se desplaza del encierro a la interoperabilidad: ya no se trata de habitar un jardín amurallado, sino de moverse entre servicios manteniendo la continuidad de identidad, decisiones y derechos.

La identidad sostiene los jardines amurallados

Si el dinero concentra poder, la identidad determina quién puede ejercerlo. Buena parte de la dominación digital contemporánea se apoya en una premisa tan extendida como poco cuestionada: la identidad personal no pertenece a quien la encarna, sino a las plataformas que la administran. No se posee: se alquila.

Cuentas, inicios de sesión, perfiles, reputaciones, puntuaciones, listas negras. La vida digital queda fragmentada en credenciales revocables. Basta con que una cuenta se suspenda para que una persona pierda acceso a sus contactos, a su historial, a sus contenidos y, en muchos casos, a su capacidad de participar en el espacio público digital. Esa fragilidad no constituye un fallo del sistema, sino una de sus funciones centrales: mantener la obediencia mediante la amenaza de la desaparición.

Frente a ese modelo, los sistemas de identidad basados en claves criptográficas y certificados verificables abren una alternativa estructural. Permiten demostrar atributos concretos —edad, pertenencia, autorización, reputación— sin exponer toda la vida digital, y hacen posible cambiar de proveedor sin perder identidad, historial ni relaciones. La identidad deja de precisar un permiso concedido desde arriba y pasa a operar como una propiedad portátil, independiente de la plataforma que presta el servicio.

En un ecosistema como el que articulan BRC-100 y Metanet, esa identidad puede integrarse de forma útil y cotidiana, sin exigir que la persona comprenda los detalles técnicos que la sostienen. Las claves permanecen bajo control del monedero, las aplicaciones solicitan únicamente los atributos necesarios y el usuario conserva la capacidad de decidir, moverse y continuar existiendo en línea sin quedar atrapado en un único proveedor.

Este cambio, más allá de un ajuste técnico, supone desplazar el centro de gravedad del poder digital: de las plataformas que conceden y revocan accesos a las personas que portan su identidad, la usan donde quieren y no la pierden cuando dejan un servicio.

Teranode: el disco duro del ordenador global

Todo lo anterior se derrumba si la red no escala. Sin capacidad para absorber volumen real, cualquier promesa de micropagos, identidad soberana o aplicaciones abiertas queda confinada al plano teórico. De ahí la importancia de Teranode.

Teranode constituye una nueva arquitectura de nodo para BSV, concebida desde el inicio para escalar mediante microservicios y reparto de carga, en lugar de depender de un único proceso monolítico. El planteamiento apunta a un objetivo concreto: permitir que la capa base procese millones de transacciones por segundo, manteniendo comisiones mínimas y tiempos de confirmación estables incluso bajo demanda intensiva.

Esa capacidad cambia el tipo de elementos que la red puede sostener sin fricción. Permite micropagos continuos y granulares —pagar exactamente por lo que se usa, cuando se usa—; habilita el registro de datos en tiempo real, desde recibos hasta sistemas de auditoría o trazabilidad; hace viables aplicaciones que requieren escritura frecuente sin enfrentarse a congestión ni a picos de costes; y abre la puerta a economías máquina-a-máquina, donde dispositivos, sensores y sistemas automatizados interactúan y liquidan valor de forma directa.

Cuando el volumen deja de constituir un problema estructural, la lógica del sistema cambia. La red ya no necesita priorizar a unos pocos ni racionar el acceso mediante comisiones prohibitivas. Empieza a comportarse como una infraestructura general, capaz de sostener usos cotidianos, industriales y sociales de forma simultánea.

En ese punto, Bitcoin deja de percibirse como un experimento financiero o un activo especulativo y pasa a funcionar como lo que, en origen, prometía ser: una capa pública y neutral sobre la que construir servicios, intercambiar valor y registrar información a escala planetaria.

Lo que cambia para el ciudadano normal

Todo esto puede parecer lejano hasta que se traduce a preguntas sencillas:

  • ¿Puedo pagar sin que un intermediario decida si me lo permite?
  • ¿Puedo monetizar mi trabajo sin depender de publicidad?
  • ¿Puedo trasladar mi identidad sin que una empresa me borre?
  • ¿Puedo guardar registros y recibos sin confiar en un servidor privado?
  • ¿Puedo cambiar de proveedor sin perder mis datos y mi historial?

La propuesta que articula BSV apunta precisamente en esa dirección: devolver el control al individuo mediante un sistema público y verificable, diseñado para operar a escala y sin intermediarios obligatorios. No se trata de crear un refugio financiero para élites tecnológicas, sino de reconstruir infraestructuras básicas —pago, identidad, registro— bajo principios de acceso directo y reglas comunes.

Craig Wright vincula ese planteamiento a situaciones cotidianas, lejos del imaginario del lujo financiero o la especulación. «No buscamos que se enriquezca el 1%; buscamos a la persona corriente, la que hoy ve cómo su banco le cobra simplemente por decirle cuánto dinero le queda», resume. La frase apunta a un problema estructural: cuando incluso el acceso a la información sobre el propio dinero se convierte en un servicio de pago, el sistema deja de servir al usuario y empieza a extraer valor de su dependencia.

En ese contexto, la propuesta de BSV se presenta como una infraestructura orientada a reducir fricciones básicas y costes invisibles que hoy se asumen como inevitables. El objetivo no es sustituir instituciones de un día para otro, sino ofrecer una alternativa donde consultar un saldo, realizar un pago o interactuar con un servicio no implique ceder control ni aceptar peajes permanentes.

El 99% y la capacidad de elegir

Cuando un sistema acaba funcionando sólo para los grandes patrimonios, su utilidad social se contrae. Un activo inmovilizado en custodia no emancipa al ciudadano: lo integra en una estructura donde el acceso depende de intermediarios, permisos y condiciones impuestas desde fuera. La acumulación, por sí sola, no equivale a autonomía.

La promesa inicial apuntaba en otra dirección. No se trataba de crear un instrumento sofisticado para quienes ya disfrutan de acceso privilegiado a servicios financieros, sino de ofrecer una herramienta funcional para quienes necesitan usar el dinero en su vida cotidiana: pagar, cobrar, transferir, registrar, sin fricciones innecesarias ni dependencia estructural. Una tecnología orientada al uso, no al resguardo.

«Bitcoin es una revolución para el 99%: el 1% no lo necesita», resume Wright. La frase no alude a una confrontación retórica entre clases, sino a una constatación práctica: quienes ya operan dentro de los circuitos de poder económico no requieren nuevas infraestructuras para protegerse; quienes quedan fuera sí necesitan alternativas abiertas para participar.

La discusión, por tanto, no gira en torno a «qué cadena ganará», ni a una competición técnica entre protocolos. El eje real se sitúa en otro plano: si la sociedad conserva infraestructuras abiertas, verificables y sustituibles, o si termina atrapada en un puñado de sistemas cerrados, concentrados y fácilmente controlables. Esa elección, más que tecnológica, resulta profundamente política.

Lo que realmente está en juego

Si Bitcoin funciona como dinero electrónico entre pares y como infraestructura pública para aplicaciones, el reparto de poder se desplaza. No de forma simbólica, sino material. El control deja de concentrarse en quienes gestionan el acceso —bancos, plataformas, intermediarios— y pasa a manos de quienes utilizan la red directamente. Ahí se sitúa el verdadero motivo del choque frontal.

Una infraestructura de este tipo no compite contra otros activos digitales. Compite con modelos de negocio enteros cuyo valor depende de intermediar, vigilar o condicionar el acceso. Compite con bancos que cobran por custodiar, con plataformas que extraen renta del tránsito, con sistemas diseñados para convertir la dependencia en ingreso recurrente.

Por eso, para quienes apuntan más allá de las fluctuaciones del mercado, la pregunta relevante no es si el precio de Bitcoin «sube» o «baja». La cuestión urgente es otra: si una infraestructura abierta logra consolidarse antes de que la vida digital quede definitivamente encerrada en jardines vallados. Lo que está en juego no es una cotización, sino la posibilidad de conservar alternativas públicas en un entorno cada vez más cerrado. Porque cuando se cierran las infraestructuras, lo que desaparece no es la innovación, sino la libertad. Y sin libertad, amigos míos, estamos jodidos. Pero no sólo eso: estamos hipotecando, además, el futuro de nuestros hijos.

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